miércoles, 11 de abril de 2012

El ángel caído

En el Parque del Retiro, en Madrid, hay una curiosa fuente. En ella se puede apreciar a Lucifer siendo expulsado del cielo, expresándose en su rostro tan poco gloriosa caída.

El escultor fue el señor Ricardo Bellver, que realizó la escultura principal en 1877. Ignoro si era conocedor de la simbología hermética, pero realmente no lo creo; aún así, no hace falta saber de alquimia para representar un motivo alquímico, pues en esta obra lo que se muestra es un mito bien arraigado, al que le voy a dar una perspectiva relativa al motivo de este blog.

La escultura de bronce parece, desde luego, estar viva. El ángel, que aún posee alas, es expulsado del cielo, al cual dirige su mirada, dibujando un grito silencioso con su metálica garganta. Se lleva una mano a la cabeza, como intentando guardar el equilibrio, cosa que no puede llevar a cabo pues, enredada en sus piernas, una serpiente le atrapa desde el suelo, fijándolo a la tierra, como sello de su condena, encadenándolo a la tierra.

Según mi humilde opinión, Lucifer no es otro que el mismísimo Espíritu Universal, que desciende a la Tierra. Es expulsado, o más bien "emado" del mismo centro del Cielo: aquel lugar de donde proviene le manda hacia abajo, de forma violenta, sin que se pueda negar, por más que lo intenta, ya que es su destino, el final de su aventura rebelde. Es un final que no desea, como ser espiritual y puro, gusta del mundo volatilísimo del que proviene, y su caída le causa gran dolor.

Y no es para menos, pues en su viaje hacia este valle de lágrima va adquiriendo, cada vez más, una sustancia grosera, que surge en su camino, y que le va haciendo cada vez más corpóreo, más denso, más sulfuroso. Su naturaleza, antes mercurial y volátil, se torna ahora escamada en azufre, motivo que es representado por la serpiente, que se aferra a él, hasta transmutarlo completamente en lo contrario a lo que era, atándolo a la Tierra, auténtica prisión para el espíritu.

Y ahí es donde reside su maldición: el haber sido cambiados sus principios más íntimos, con el único fin de traer, desde lo alto, un girón sucio de estrellas, un trocito de luz hecho tinieblas, un pedacito de aquella sustancia infinita que es la creadora de todas las cosas, convertida ahora en carne y barro. Su destino, crudísimo, no es más que cumplir aquella ley hermética que proclama que todo es igual arriba como lo es abajo, y que nuestro mundo, grosero y sucio, no podría existir si no existe también un lugar opuesto, sutil y puro.
Quod est inferius est sicut quod est superius, et quod est superius est sicut quod est inferius, ad perpetranda miracula rei unius.
Por esta sufrida misión y por este tremendo sacrificio, que no es otro que ser el martillo con el que se construyó el mundo, no tengo más que decir: gracias Lucifer.

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