miércoles, 24 de agosto de 2011

La Rosa de Paracelso

(Cuento de Jorge Luis Borges,  del que hoy hacen 112 años de su nacimiento)

En su taller, que abarcaba las dos habitaciones del sotano, Paracelso pidio a su Dios, a su indeterminado Dios, a cualquier Dios, que le enviara un discipulo. Atardecia. El escaso fuego de la chimenea arrojaba sombras irregulares. Levantarse para encender la lampara de hierro era demasiado trabajo. Paracelso, distraido por la fatiga, olvido su plegaria. La noche habia borrado los polvorientos alambiques y el atanor cuando golpearon la puerta. El hombre, soñoliento, se levanto, ascendio la breve escalera de caracol y abrio una de sus hojas. Entro un desconocido. 
Tambien estaba muy cansado. Paracelso le indico un banco; el otro se sento y espero. Durante un tiempo no cambiaron una palabra.
El maestro fue el primero que hablo.
—Recuerdo caras del Occidente y caras del Oriente —dijo no sin cierta pompa—. No recuerdo la tuya. ¿Quien eres y que deseas de mi?
—Mi nombre es lo de menos —replico el otro—. Tres dias y tres noches he caminado para entrar en tu casa. Quiero ser tu discipulo. Te traigo todos mis haberes.
Saco un talego y lo volco sobre la mesa. Las monedas eran muchas y de oro. Lo hizo con la mano derecha. Paracelso le habia dado la espalda para encender la lampara. Cuando se dio vuelta advirtio que la mano izquierda sostenia una rosa. La rosa lo inquieto.
Se recosto, junto la punta de los dedos y dijo:
—Me crees capaz de elaborar la piedra que trueca todos los elementos en oro y me ofreces oro. No es oro lo que busco, y si el oro te importa, no seras nunca mi discipulo.
—El oro no me importa —respondio el otro—. Estas monedas no son mas que una prueba de mi voluntad de trabajo. Quiero que me enseñes el Arte. Quiero recorrer a tu lado el camino que conduce a la Piedra.
Paracelso dijo con lentitud:
—El camino es la Piedra. El punto de partida es la Piedra. Si no entiendes estas palabras, no has empezado aun a entender. Cada paso que daras es la meta.
El otro lo miro con recelo. Dijo con voz distinta:
—Pero, ¿hay una meta?
Paracelso se rio.
—Mis detractores, que no son menos numerosos que estupidos, dicen que no y me llaman un impostor. No les doy la razon, pero no es imposible que sea un iluso. Se que «hay» un Camino.
Hubo un silencio, y dijo el otro:
—Estoy listo a recorrerlo contigo, aunque debamos caminar muchos años. Dejame cruzar el desierto. Dejame divisar siquiera de lejos la tierra prometida, aunque los astros no me dejen pisarla. Quiero una prueba antes de emprender el camino.
—¿Cuando? —dijo con inquietud Paracelso.
—Ahora mismo —dijo con brusca decision el discipulo.
Habian empezado hablando en latin; ahora en aleman.
El muchacho elevo en el aire la rosa.
—Es fama —dijo— que puedes quemar una rosa y hacerla resurgir de la ceniza, por obra de tu arte. Dejame ser testigo de ese prodigio. Eso te pido, y te dare despues mi vida entera.
—Eres muy credulo —dijo el maestro—. No he menester de la credulidad; exijo la fe.
El otro insistio.
—Precisamente porque no soy credulo quiero ver con mis ojos la aniquilacion y la resurreccion de la rosa.
Paracelso la habia tomado, y al hablar jugaba con ella.
—Eres credulo —dijo—. ¿Dices que soy capaz de destruirla?
—Nadie es incapaz de destruirla —dijo el discipulo.
—Estas equivocado. ¿Crees, por ventura, que algo puede ser devuelto a la nada? ¿Crees que el primer Adan en el Paraiso pudo haber destruido una sola flor o una brizna de hierba?
—No estamos en el Paraiso —dijo tercamente el muchacho—; aqui, bajo la luna, todo es mortal.
Paracelso se habia puesto en pie.
—¿En que otro sitio estamos? ¿Crees que la divinidad puede crear un sitio que no sea el Paraiso? ¿Crees que la Caida es otra cosa que ignorar que estamos en el Paraiso?
—Una rosa puede quemarse —dijo con desafio el discipulo.
—Aun queda fuego en la chimenea —dijo Paracelso.
—Si arrojaras esta rosa a las brasas, creeras que ha sido consumida y que la ceniza es verdadera. Te digo que la rosa es eterna y que solo su apariencia puede cambiar. Me bastaria una palabra para que la vieras de nuevo.
—¿Una palabra? —dijo con extrañeza el discipulo—. El atanor esta apagado y estan llenos de polvo los alambiques. ¿Que harias para que resurgiera?
Paracelso le miro con tristeza.
—El atanor esta apagado —repitio— y estan llenos de polvo los alambiques. En este tramo de mi larga jornada uso de otros instrumentos.
—No me atrevo a preguntar cuales son —dijo el otro con astucia o con humildad.
—Hablo del que uso la divinidad para crear los cielos y la tierra y el invisible Paraiso en que estamos y que el pecado original nos oculta. Hablo de la Palabra que nos enseña la ciencia de la Cabala.
El discipulo dijo con frialdad:
—Te pido la merced de mostrarme la desaparicion y aparicion de la rosa. No me importa que operes con alquitaras o con el Verbo.
Paracelso reflexiono. Al cabo dijo:
—Si yo lo hiciera, dirias que se trata de una apariencia impuesta por la magia de tus ojos. El prodigio no te daria la fe que buscas. Deja, pues, la rosa.
El joven lo miro, siempre receloso. El maestro alzo la voz y le dijo:
—Ademas, ¿quien eres tu para entrar en la casa de un maestro y exigirle un prodigio? ¿Que has hecho para merecer semejante don?
El otro replico tembloroso:
—Ya se que no he hecho nada. Te pido en nombre de los muchos años que estudiare a tu sombra que me dejes ver la ceniza y despues la rosa. No te pedire nada mas. Creere en el testimonio de mis ojos.
Tomo con brusquedad la rosa encarnada que Paracelso habia dejado sobre el pupitre y la arrojo a las llamas. El color se perdio y solo quedo un poco de ceniza. Durante un instante infinito espero las palabras y el milagro.
Paracelso no se habia inmutado. Dijo con curiosa llaneza:
—Todos los medicos y todos los boticarios de Basilea afirman que soy un embaucador. Quiza estan en lo cierto. Ahi esta la ceniza que fue la rosa y que no lo sera.
El muchacho sintio vergüenza. Paracelso era un charlatan o un mero visionario y el, un intruso, habia franqueado su puerta y lo obligaba ahora a confesar que sus famosas artes magicas eran vanas.
Se arrodillo, y le dijo:
—He obrado imperdonablemente. Me ha faltado la fe, que el Señor exigia de los creyentes. Deja que siga viendo la ceniza. Volvere cuando sea mas fuerte y sere tu discipulo y al cabo del Camino vere la rosa.
Hablaba con genuina pasion, pero esa pasion era la piedad que le inspiraba el viejo maestro, tan venerado, tan agredido, tan insigne y por ende tan hueco. ¿Quien era el, Johannes Grisebach, para descubrir con mano sacrilega que detras de la mascara no habia nadie?
Dejarle las monedas de oro seria una limosna. Las retomo al salir. Paracelso lo acompaño hasta el pie de la escalera y le dijo que en esa casa siempre seria bienvenido. Ambos sabian que no volverian a verse. Paracelso se quedo solo. Antes de apagar la lampara y de sentarse en el fatigado sillon, volco el tenue puñado de ceniza en la mano concava y dijo una palabra en voz baja. La rosa resurgio.

6 comentarios:

  1. Maravilloso el cuento de Borges.
    Pensar que todos nosotros buscamos un maestro al que seguir, y Paracelso lo que buscaba era un discípulo.

    Muy bueno.

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  2. Es mas fuerte el deseo del maestro de encontrar a un verdadero discipulo,que el del discipulo de encotrar a un maestro.

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  3. El cuento desde luego se puede interpretar de muchas formas.

    El discípulo, más que un maestro, lo que buscaba era una forma de satisfacer sus propios deseos; su interés en nuestro Arte era una mera curiosidad, tal y como ponía de manifiesto su falta de fe.

    La Alquimia es para muchos un sueño que solo el aspirante a alquimista puede entender.

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  4. Ya lo se Artefuego,este cuento hace 30 años que lo conozco.
    Simplemente dije lo que dije y cada cual lo interprete como le parezca.
    La mayoria de sueños son eso,sueños.

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  5. Claro Frances, no intentaba dar ninguna lección a nadie. Las interpretaciones son como los colores, que cada uno elige la que más le guste.

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